Sumario :
/ Análisis de la obra El pasado es un animal grotesco, de Mariano Pensotti/ Crítica a Invasion of alien bikini, de Young-doo
/ Análisis de Flandres, de Bruno Dumont
/ Encuentro con Lina Etchesuri
/ Crónica del Parque de la Memoria
/ Encuentro con Asterisco, rapero de los Ningún pibe nace para chorro
/ Crónica de Fanny y Alexander, de Ingmar Bergman
/ Cobertura de la obra Ala de criados, de Mauricio Kartún
/ Nota de opinión
El tiempo está después
"¿Dónde estaban los recuerdos puros? En casi todos se funden impresiones de otras épocas que se les superponen y les confieren una realidad distinta. Los recuerdos no existen: es otra vida revivida con otra personalidad, y que en parte es consecuencia de esos mismos recuerdos.” Boris Vian, La hierba Roja
Cuatro
personajes, por cuatro actores, en cuatro frentes. Vicky, Mario,
Pablo y Laura, por Pilar Gamboa, Santiago Gobernori, Javier Lorenzo y
María Inés Sancerni, en una calesita giratoria dividida en cuatro.
Sí, El pasado es un animal grotesco nos entrega
esas vidas, y nos muestra de ellas diez años, de 1999 al 2009, de
los 25 a los 35. Una década que es relatada, en la obra, a partir de
68 microescenas, con historias mínimas, cotidianas, y otras no
tanto. Recuerdos que alguien cuenta desde fuera. Narraciones
construidas por Mariano Pensotti, dramaturgo y director de la obra.
¿El resultado? Un flashback de 10 años que lo
obliga a uno a repensarse, y ver que detrás queda una década que
despierta del letargo político del menemato, década profundamente
convulsionada desde lo político. Una “mega ficción” que deja
más interrogantes que respuestas.
La
ineludible
Escribir
sobre El pasado plantea una serie de desafíos
puesto que puede abordarse desde múltiples puntos de vista. La
calesita es resultado de un arduo trabajo de Mariana Tirante, y es,
claro, la ineludible, lo primero en que se repara como
espectador, y lo que permite el montaje paralelo de
esas vidas construidas a fragmentos. Los actores que se encierran en
ella a lo largo de los 110 min de la obra no interpretan a un solo
personaje, sino a una infinitud más. Pilar Gamboa es también Dana,
la novia de Mario, y es una versión inglesa de Laura (Lora), es la
baterista de una banda llamada Travesti Rimbaud, la novia manca de
Pablo, y más. Santiago Gobernori también es los novios
de Laura, el primero, el segundo (Jasón, un palestino refugiado) y
el tercero (un militante troskista), es también un forense
excéntrico, el cantante de Travesti, y más. Javier Lorenzo también
es el amigo borracho de Mario y Dana, el amante del campo de Vicky,
Leonardo Favio, y más. María Inés Sancerni también es la socia de
la veterinaria de Vicky, su media hermana, la novia brasilera de
Pablo, una amante de Mario, y más. El despliegue actoral es
impresionante. También el técnico, y la labor de dirección y
dramaturgia. Las 68 escenas tienen una duración máxima de 120
segundos, e implican un preciso trabajo en bambalinas por parte de
los técnicos y asistentes, entre ellos Leandro Orellano, jefe
técnico, asistente de dirección y colaborador frecuente del
director.
La
década reconstruida no sólo es actuada, es literalmente contada.
Los actores funcionan a su vez como narradores que, situados por
fuera de la historia nos relatan,
cual voz en off,
la vida de los personajes. Sostiene
Pensotti en el programa de la obra que, “narrar el pasado es como
poner la voz en off que
les dé sentido a los fragmentos dispersos de una película que se
perdió para siempre”
Múltiples
voces se apoderan de la obra. En ella hay, además,
intertextualidades con el cine, el teatro, la literatura. Múltiples
niveles de ficción. La vida de Mario se convierte en una película,
la de Laura, en un guiño al Biodrama, en una obra.
El
ineludible
Una
vez franqueda la ineludible calesita queda la pregunta ¿Qué más?
Pensar en un “de qué habla la obra” es casi tan utópico como el
creer que hay un mensaje, cual
bajada de línea, que tiene que ser descubierto. Sin embargo, algo
parece resaltar en El pasado. O
al menos, algo resalta para esta cronista, y eso es el Tiempo. Su
ineludible transcurrir.
El
tiempo es de esas tópicas de las que se habla -y escribe- desde lo
inmemorial. Tan inasible como concreto puesto que nos rodea, lo
vivimos a cada instante. ¿Cómo hablar de algo en perpetua
transformación? ¿Cómo
puede ser el
tiempo si el pasado ya no está, el presente no es siempre porque es
efímero, es una cualidad, sólo un instante, y el futuro no es
todavía?
Antes
de proseguir, tengo que hacer una digresión y confesar algo: mi
primer parte del año se vio marcada por una intensa y obligada
actividad lectora -facultativa- en la que me encontré, entre otros
autores, a Paul Ricoeur. El es de esos filósofos que escriben
difícil, un poco por placer y sin necesidad, y otro poco porque lo
que plantea es difícil.
Ricoeur escribe sobre el tiempo y la narración, y básicamente lo
que dice es que el tiempo se hace humano cuando se articula de modo
narrativo y que una narración adquiere sentido por describir rasgos
de la experiencia temporal. Entonces vuelvo. Al ver El
pasado este planteo cuajó.
¿Cómo hablar del tiempo? Viéndolo, representando diez años en 110
min. Nunca más atinado.
Si
algo me perturbó de esta obra es comprobar la imposibilidad de toda
futurología. Proyectar hoy un mañana puede ser reconfortante pero,
en el fondo, inútil. Todo puede cambiar, todo cambia. El
pasado muestra las metamorfosis
de un decenio. Hubo cambios políticos, las Torres Gemelas del 11 de
Septiembre, el 19 y 20 en la Plaza de Mayo, los siempre presentes
conflictos gremiales del subte, y el paro del agro en el 2008 a
través de una pintada: “los burgueses serán el campo cuando sus
restos abonen la tierra” Y también El
pasado muestra los posibles
cambios de cuatro porteños de clase media. Son más modestos, o
mejor dicho, individuales; no es una generación que haya producido
hechos políticos o culturales tan relevantes. Aún así, generación
rescatable que supera adversidades. Esa que, por ejemplo, deja de ser
hija del uno-a-uno y prueba suerte en el viejo continente, para luego
volver. O esa que, buscándose así misma, labura de lo que sea.
Vicky, Mario, Pablo y Laura tienen en 10 años distintos trabajos, y
amores, y proyectos, y frustraciones, y expectativas.
Todo
puede cambiar, todo cambia. Lo único que está siempre, con
seguridad, es el Tiempo. Y la muerte que siempre llega. El
tiempo pasa, y es inevitable detenerlo. Lo sorprendente es
cuando uno para
y ve lo que quedó atrás. El pasado es una memoria que
puede revivirse como recuerdo. ¿Pero dónde están los recuerdos
puros? La memoria está profundamente conectada con lo que somos en
cada momento. De nuevo Pensotti: “el pasado se asoma como un animal
entrevisto en la selva de los sueños, un animal que cambia de forma
cada vez que lo recordamos, un animal grotesco” El tiempo que es
humanizado al ser narrado: el teatro se parece a esos recuerdos que
cambian cada vez que vuelven a la memoria, cada vez que son contados.
El teatro es distinto en cada función, en cada encuentro
actor-espectador, en cada línea que es repetida mil veces, y sin
embargo tiene cada vez un sentido nuevo.

Funciones:
Jueves a Sábados, 21.00 hs. Domingos 20 hs. Sala AB Centro Cultural
San Martín. Elenco
actual: Pilar
Gamboa, Santiago Gobernori, Javier Lorenzo, María Inés Sancerni.
(En el elenco original Pilar
Gamboa, Julieta Vallina, Javier Lorenzo y Juan Minujín)
Textos
y dirección:
Mariano Pensotti.
Escenografía
y Vestuario: Mariana
Titantte. Luces:
Matías Sedón. Asistencia
de dirección:
Leandro Orellano
Invasion
kistsch
Invasion
of alien bikini

Ya desde el trailer, la película se vende prometedoramente como unmix kitsch de géneros; pero nos promociona algo que no es. Esta película surcoreana es un gran pastiche. Ahora bien, la motivación no es clara. No pretendo una lógica realista, ni una justificación causal o atada a rígidas estructuras genéricas. No quiero ser conservadora, ni que haya una censura sobre “lo mostrable”. Difícil aplicarle algo similar a un film cuya protagonista es una alienígena encerrada en el cuerpo de una humana y que busca reproducirse para no acabar con su especie. Lo que sí podría pedirse, en todo caso, es una especie de coherencia. Invasion of Alien Bikini es una parodia de géneros, pero la jugada no es a fondo. Y en el medio, la película se vuelve tediosa y monótona, abusando de los recursos efectistas que se encuentran a mano. No hay suficiente sangre, no hay suficiente amor, ni tampoco erotismo. Porque sí, de pronto, la alienígena que fue salvada por un anónimo héroe (que por algún motivo usa bigote mexicano y una remera de Obama), cansada de una seducción que no da frutos, lo duerme, lo ata y lo obliga a inseminarla. ¿Cómo? Con sofisticados juegos sexuales, que si resultaban simpáticos en un comienzo, se vuelven redundantes cuando están en exceso y sin mostrar, encima, demasiada carne. Entonces, retomo. No hay suficiente erotismo tampoco. Y cuando se apela a un psicologismo insospechado, que nos muestra un trauma paterno de manual de Freud, flashback mediante, ya definitivamente la película se excede.
Pero alto. Atemperemos. Los primeros minutos son explosivos y prometen un bizarro film de alienígenas. La película comienza con un típico paisaje de película de terror: la ciudad desierta y marginal, un hombre que corre, solo, y persigue a alguien que resulta ser igual a él. La aclaración vendrá pronto y mediante un flashback que reconstruye la diégesis. Un anónimo héroe urbano, Young-Gun, salva a una joven de unos malechoeres que buscaban quitarle la columna vertebral. Patadas karatecas mediante, guiño a las películas de artes marciales, la salva y la lleva a su casa. Allí, nuestro héroe protege a su damisela, Mónica, dándole una potente pócima especialmente diseñada. El relato se interrumpe, de pronto, y en sobreimpresión y a través de una voz overque nos habla a nosotros, espectadores, para que observamos la jarra con los potenciales ingredientes y la explicación del efecto de cada uno de ellos produce. Aclaración: este recurso se utilizará y repetirá hasta sacarle el jugo, no sólo sin instaurar un código, sino deseando que se eliminen por completo tales intervenciones. Luego de idas y vueltas a lo largo de varios minutos, terminamos en el cuarto de Young-Gun que observa a la alienígena y la invita a jugar al yenga, en un tímido y brillante acercamiento amoroso.
Hasta aquí, la película es buena y le provoca escandalosas risas al auditorio cinéfilo del BAFICI. Sin embargo, en adelante, se vuelve pesada y algo pretenciosa. Poco a poco, el film siembra la sospecha de que Mónica no es una víctima; el problema es que tal duda se desarrolla en el pequeño cuarto de dos por dos de nuestro héroe, a través de unos escasos movimientos de cámara, muchos de ellos largos sin razón de ser, y con la jugada de yenga como contexto. Ponen una pieza aquí, allí, ríen, y de nuevo se repite la situación. Todo perfecto, la cuestión es que cuando una película comienza con mucha persecución, golpes y un intenso amor, se espera que siga ese ritmo y no que se transforme en un homenaje al cine moderno. Para colmo, de la nada nuestro héroe revela que ha hecho un voto de castidad: excusa perfecta para que Mónica renuncie a seducirlo y apele a juegos sexuales para ser inseminada. Y nuevamente, el exceso de la ocurrencia. La ocurrencia entendida como esa primera idea que surge en la mente, parece buena y se la usa hasta gastarla, sin que el ego sepa decir que no. Lo que se escribe, lo se filma debe tener alguna clase de justificación y no ser un conejo sacado de una galera. Los juegos sexuales se repiten una y otra vez, y si uno había creído entender la idea, la respuesta es que no, hay muchos más para mostrar. Young Gun termina por ceder y se acuesta con ella, pero no por las técnicas sino porque el recuerdo de su padre golpeándolo, y él matándolo un día, lo excita.
A todo esto, cada tanto vemos a una brigada “anti alienígena” (los malhechores del comienzo) buscando a la joven para eliminarla. Buen intento, pero no crea suspenso porque el ritmo es lánguido y solo cada tanto nos los muestran. Los chicos llegan tarde y en su arranque de locura erótica paterna, nuestro héroe termina por inseminar a la alienígena. En un abrir y cerrar de ojos nace el niño, crece y es igual a él.
Desear el final de una película no es un buen indicio. Invasion of Alien Bikini fue rodada con un escueto presupuesto, por esto se entiende que las localizaciones sean interiores y que no haya efectos especiales. Ahora bien, frente a alargar un film con una inconexa mezcla de procedimientos, es preferible deshacerse de varios de ellos y en todo caso, filmar un mediometraje. Parece una película realizada por un inexperto que quiso meter todos los chiches a mano.
Viernes pasatista pero ha habido mejores.
Esa zona llamada Flandres
En
la película Flandres,
de
Bruno Dumont, hay una guerra. Es una guerra anónima: sus
protagonistas no saben cuál es y esa información no nos es dada
nunca. Una guerra que se intercala en todo el film con otro mundo, el
de Flandres, región del Norte de Bélgica si bien la película
transcurre en una zona francesa. Si Bélgica evoca algún glamour de
primer mundo, éste microcosmos poco tiene de ideal. Estamos en una
región campesina en dónde la vida es casi tan embrutecida y los
valores son tan arquetípicos, como los de aquella zona a la que van
a pelear. No se dice cuál es pero hay una clara referencia oriental
por su árida geografía y los turbantes de sus habitantes: El otro
es
alguien que está mucho más cerca de lo que creemos.
Los
protagonistas de Flandres
viven
todo con la misma escasa intensidad, el sexo es algo tan rutinario
como el lavar los platos. Sus caras están siempre, o casi siempre,
impasibles. Poco tienen de los star
del
cine clásico holywoodense, es difícil identificarse con ellos y no
pueden ser héroes porque en la vida, casi podemos pensar que dice
Dumont, simplemente no los hay. Demester, el protagonista, no logra
capturarnos. El no saber a qué guerra va no lo inquieta demasiado
porque no hay ideal patriótico. Se va por la paga y lo importante es
establecer quién es su otro.
Nota
al pie: La otredad no está sólo en sus rivales del campo de
batalla, el contrincante es en un momento un negro del mismo
escuadrón. La región de Flandres desmiente la supuesta homogeneidad
del primer mundo y demuestra su falso progresismo: El otro
es
alguien que está mucho más cerca de lo que creemos.
Si
en algún momento estamos cerca de sentir alguna afinidad por
Demester, Dumont nos pone un alto al mostrar sin solemnidad, ni
discurso moral cómo participa de la violación de una mujer. La
forma de mostrarlo colabora a esto. El escuadrón camina por el
desierto, encuentran una casa, entran, sacan de ella a una mujer, la
desvisten, la violan, casi todo en plano general y con una rapidez
que el resto de la película desmiente. Si no hay un involucrarse
desde lo formal y si no hay ningún preámbulo, ni justificación
posterior, es porque en la guerra, muestra Dumont, no hay moralismos.
Y por si tenemos alguna duda, también se mata a niños. Nuevamente,
no hay solemnidad y sus muertes nos llegan desde fuera de la
pantalla, son un sollozo en off
que
de pronto se apaga. Sin embargo, su no moralidad no es in-moralidad
(si es que pudiera establecerse alguna diferencia) Quiero decir: no
es que haya un placer en sí en el hecho de violar a la mujer o matar
a los niños. No es que haya placer en el hecho brutal por
ser
un
hecho brutal (recuerdo la película Pecados
de guerra
de Brian de Palma, en dónde los abusos sin compasión que cometían
soldados sí les daban placer por el hecho mismo de ser abusos, pero
tan sólo para reforzar la figura del Eriksson, el personaje que se
daba cuenta de todo y lo denunciaba en la corte. Si hay moral allí)
Aquí en Flandres
simplemente
no importa, esas cosas suceden (como suceden el sexo y el lavar los
platos) no merecen ser discutidas, y punto.
Al
ver esta película se
me aparece como un relámpago los films del genial Samuel Fuller. EL
director bélico de Hollywood. Pienso en The
big red one
y
recuerdo un episodio en que un niño nazi mata a un soldado
estadounidense. ¿Le dan muerte? No, lo educan. Lee Marvin, el
protagonista, él sí un star
con
todas las letras, un héroe positivo si los hay, decide darle un chás
chás en la cola hasta que el niño, en vez de gritar Heil Hitler,
pide por sus padres. Y todo enfocando al niño en un primer plano,
casi para que podamos oler sus lágrimas y comprender junto con él,
que el ser nazi es una rebeldía y que a los niños, en la guerra, se
los debe proteger.
Impasibilidad,
tiempos muertos, deslizamiento entre los acontecimientos. ¿Alguien
siente? Sí. Hay un grito que desgarra el aire en esa zona dónde el
silencio reina y escasean las palabras. Las mujeres sienten. Barbe es
la mujer protagonista, al principio la vemos tener sexo con muchos
hombres sin que lleguemos a entender por qué. Placer no se transmite
y aburrimiento tampoco. Es como un dejar que el sexo se suceda, pase
por ella. Barbe queda en Flandres esperando. ¿Qué? No sabemos bien.
Suponemos que quiere a Demester pero hay otro que le compite,
Blondell. Y ellos se van a la guerra. Ahora, ¿los espera a ellos?
Ranciere, al hablar de la filmografía de Dumont, dice que es de un
“modernismo fronterizo” Modernista en sus formas: en sus
ambigüedades, en la dificultad de entender a sus personajes en
pensamiento y sensaciones, en su dar tanta importancia a lo fútil
como a lo trascendental. Ahora bien, fronterizo porque sus temas
vuelven a lo esencial. Entonces reformulo. No es que sus personajes
no sientan, sino que no canalizan sus sentimientos como el
occidental, blanco y burgués que supone Europa. Y hacia el final del
film, lo que venía simplemente sucediendo estalla en Barb. De pronto
sus nervios suponen encerrarla en un neuropsiquiátrico.
En
una guerra que de anónima, se convierte en arquetípica ¿por qué
se pelea?
En
unos abusos que se cometen sin pensar en ellos ¿Dónde está lo
humano? (Judith Butler habla en Marcos
de guerra , de
cómo en la actualidad las fotografías de torturas revelan que “lo
humano” es una categoría movible, adjudicable y por lo tanto
construida) En unos personajes con rostros que están siempre, o casi
siempre, impasibles ¿qué implica “sentir”?
Dice
Dumont, en una entrevista dada a Cynthia Sabat: “El cine tiene que
volver a dar a la imagen su sensibilidad, y esta sensibilidad se le
puede volver a dar por medio de la representación. No es
representando la guerra en sí misma como podemos volver a darle la
sensibilidad, sino representándonos a nosotros mismos.”
Volver
a lo esencial.

El lenguaje es un territorio ocupado y de resistencia

Hay un grito que no tiene sonido.
Hay
lágrimas que no riegan el suelo.
La
ley de gravedad parece estar rota en Palestina, territorio lejano y
que conmueve en lo más profundo. Lina dispara y lo captura. Sus
fotos lo registran.
Un
niño señala a la cámara mientras otra juega.
Unas
mujeres sacan fotos a la tumba de Arafat.
Un
soldado israelí interpela a un palestino.
Unos
niños juntan casquillos en su mano.
Los
colonos portan armas, los colonos viven aislados en asentamientos
estilo Truman Show, los colonos tienen facilidades económicas, los
colonos atacan a los palestinos y son defendidos por la policía.
Dicen
que su causa es religiosa y eso los fundamenta. Entretanto, hay un
muro que divide territorios y aísla y hay una marcha de mujeres
rumbo a un velorio:
Hubo
una muerte, todo el que muere por Palestina es mártir, todos son
mártires.
O
Presos políticos.
¿Hay
algún punto de inflexión? No responde Lina. Y es terminante.
Se
resiste para no entregarse. Se resiste en el Hamás, o denunciando, o
marchando, o yendo a la universidad y sabiendo inglés. O haciendo
todo eso junto.
¿Podré
hacer algo por esa resistencia?

Las fotografías son de Lina Etchesuri
Dos veces y media yo.
Crónica
desacartonada sobre el Parque de la Memoria. El mismo se encuentra en
Costanera Norte, a unos metros de Ciudad Universitaria. Pensado y
diseñado en "Honor a las víctimas del Terrorismo de Estado",
se trata de un espacio amplio, con distintas intervenciones
artísticas dispersas en el predio. La principal, o al menos en torno
a la que gira esta crónica, es un Muro. Cinco paredes con 30.000
ladrillos. Muchos de ellos están tallados con nombres,
8718.
Dos veces y
media yo
El muro es el eje, el protagonista ineludible. Primero uno, luego otro y después uno más. Tres. Larguísimos (¿cien metros?), y tan altos como dos veces y media yo.
El
muro puede adjetivarse y describirse. Sin embargo es difícil
quedarse en un registro frío y distante.
El muro interpela de una forma personal, cada quien ve algo distinto y es complejo explicar lo que genera. Hay que ir.
El muro interpela de una forma personal, cada quien ve algo distinto y es complejo explicar lo que genera. Hay que ir.
Son piedras rugosas y ásperas talladas con nombres lisos y suaves.
También,
más que nada, son vidas que por su ausencia aún están presentes,
historias del ayer que llegan al hoy. No son sólo nombres
anónimos. Letras y más letras, sí.
También, cuerpos y mentes que fisicamente no están pero que de algún modo se hacen carne en estas paredes.
También, cuerpos y mentes que fisicamente no están pero que de algún modo se hacen carne en estas paredes.
Es
inevitable no imaginar quiénes fueron, o no buscar a quien uno
conoce.
U,
V, W. Encontré a Walsh.
Descubrí a Julio (Jorge Julio) López. ¿Por qué no extender la cronología al presente?
Pienso en si estará el amor chileno de mi madre. Víctor se llamaba.
Pasos y pasos. El año más largo de caminar es el 76, con muchas vidas por leer. Presentes ahora y siempre.
Algunos tienen su edad detallada, tenían tanto 13 como 63; otros no.
Hay embarazadas. Hijos que (tal vez) aún hoy no saben su real historia. ¿Y uno la conoce? Nuestra vida está marcada por hechos que la mayoría de las veces no cuestionamos, en los que no indagamos. El muro (nos) interpela.
30.000 vidas, 30.000 piedras, 30.000 lápidas. ¿Y dónde ubicarse si este muro es también un nosotros?
Y más nombres, y más pasos, y más muro alto.
En el Parque de la Memoria hay silencio. Solo el viento fresco del Río de la Plata susurra en la oreja de quien lo recorre. Las obras de arte están lejanas entre sí y hay cuatro personas a la vista. Podría parecer vacío de no ser por un muro que obliga a doblar el cuello y ver hacia arriba. Dos veces y media yo garantizan que sea imposible no ver. Él trae el pasado al presente.
Descubrí a Julio (Jorge Julio) López. ¿Por qué no extender la cronología al presente?
Pienso en si estará el amor chileno de mi madre. Víctor se llamaba.
Pasos y pasos. El año más largo de caminar es el 76, con muchas vidas por leer. Presentes ahora y siempre.
Algunos tienen su edad detallada, tenían tanto 13 como 63; otros no.
Hay embarazadas. Hijos que (tal vez) aún hoy no saben su real historia. ¿Y uno la conoce? Nuestra vida está marcada por hechos que la mayoría de las veces no cuestionamos, en los que no indagamos. El muro (nos) interpela.
30.000 vidas, 30.000 piedras, 30.000 lápidas. ¿Y dónde ubicarse si este muro es también un nosotros?
Y más nombres, y más pasos, y más muro alto.
En el Parque de la Memoria hay silencio. Solo el viento fresco del Río de la Plata susurra en la oreja de quien lo recorre. Las obras de arte están lejanas entre sí y hay cuatro personas a la vista. Podría parecer vacío de no ser por un muro que obliga a doblar el cuello y ver hacia arriba. Dos veces y media yo garantizan que sea imposible no ver. Él trae el pasado al presente.
Crónica
realizada en el marco del Taller de Crónica Periodística de Lavaca,
dictado por Claudia Acuña.
Asterisco